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Kolumna Okupa. Poetas y pobres con p de patria
Por Rocío Silva Santisteban
César Abraham Vallejo Mendoza (1892-1938).
Cuando el presidente Alan García nos informa que la pobreza se ha reducido en cinco puntos porcentuales en un año, me pregunto: ¿en qué medida mi vida está incluida ahí, en alguna coma, de esos puntos porcentuales?, ¿cuántos de mis amigos se encuentran en medio de esas cifras?, ¿cuál de los poetas peruanos podría soñar con salir de la pobreza extrema para subir a la línea de la pobreza de solemnidad?
Vallejo murió literalmente en condiciones de precariedad económica severa y, hace pocos días, Alejandro Romualdo Valle, el autor del famoso "Canto Coral a Túpac Amaru, que es la libertad", fue encontrado en su vivienda muerto, golpeado, quizás asesinado. Vivía solo e imaginamos que tenía para el almuerzo diario: pero la pobreza no se atenúa sólo llevándose a la boca unas cuantas proteínas, y la soledad, la falta de acceso a servicios de salud, la necesidad de una pensión de jubilación digna, son también signos claros de pobreza y abandono. Alejandro Romualdo no los poseía.
Hace algunos años, Francisco Bendezú, uno de los poetas más intensos de la Generación del 50, cuyos versos "Yo soy el granizo que entra aullando por tu pecho desquiciado" son el inicio de uno de los poemas amorosos más bellos de la literatura hispánica, también murió en condiciones de desolación total: en su casa postrado en un sillón desvencijado, cubierto de colchas malolientes, abandonado, solo, triste.
Una crónica publicada por Jerónimo Pimentel narraba, con lujo de detalles, esos momentos de abandono que vivía en su enfermedad el poeta dos veces laureado por el Premio Nacional de Poesía. Parecía que a esa crónica sólo le faltaba el "¡Tú sufres, tú padeces y tú vuelves a sufrir horriblemente…" como sigue gritando aún Vallejo desde su tumba.
Hace algunos años el poeta Emilio Adolfo Westphalen tuvo que ser considerado legalmente indigente para que, a través de una serie de mecanismos gubernamentales, se le permita vivir sus últimos días en la Maison de Santé.
Y Césareo Martínez, el autor de "Cinco razones puras (para comprometerse con la huelga)", murió en el Hospital María Auxiliadora de San Juan de Miraflores, y felizmente que en ese momento Nicolás Lynch se encontraba en el cargo de ministro de Educación y por lo menos pudo dársele a Chacho un entierro digno.
Hace poco tiempo, uno de mis compañeros generacionales de poesía tuvo que afrontar una enfermedad muy delicada y no hubo otra manera de conseguir los recursos necesarios que haciendo una "chancha", como en los locos años 80 para comprar la cerveza de la fiesta, y un recital con cobranza de entrada para que por lo menos cubriera una parte mínima de su acceso a la salud.
¡Y ni les cuento de las artimañas que deben hacer algunas de mis amigas poetas para poder pagar las deudas, el teléfono, el colegio de la hija, los remedios de la madre! Yo misma soy mil oficios como tantos otros (ya he hablado de mi síntoma del multiempleo ansioso), y encima seguimos financiando nuestros libros de poesía, nuestras lecturas públicas, y apostando por el premio nacional o internacional para cerrar el presupuesto de diciembre.
Dirán los optimistas que los poetas no tienen por qué morir pobres. Por supuesto que no: visitando La Chascona, la casa de Neruda en Santiago de Chile, me di perfecta cuenta que no la pasaba nada mal: su casa es un museo al hedonismo, una fiesta de colores, un espacio consagrado a la sensualidad; la cristalería, los objetos maravillosos que pescó de sus múltiples viajes, los cuadros y los árboles.
Es cierto que todo fue casi destruido durante el cateo que hizo la Junta Militar luego del golpe, y es cierto asimismo que a los pocos días Neruda murió no sabemos si de rencor o de tristeza. Pero de que pasó pobreza, lo dudo, por lo menos no en sus últimos tiempos.
Aunque, ups, claro… él era un poeta chileno.

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